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lunes, 25 de octubre de 2021

Mi "epílogo" de Montecristo (parte 7)


XII

"Está hecho" había pensado para sí nuestro querido Dantés cuando se enteró de lo sucedido a Danglars. Los tres personajes que contribuyeron a la destrucción de su vida ahora estaban bajo tierra con sus cuerpos pudriéndose y sus almas atormentándose. Caderousse, Fernando y Danglars ya habían saldado su deuda. Después de todo, el plato frío de la venganza le había sabido exquisito. No obstante, era hora de cerrar de una vez ese capítulo y dejar el pasado atrás, aunque al igual que el señor Noirtier, él también pusiera en duda la demencia de Villefort, la pieza que faltaba para que la venganza de Montecristo estuviera completa porque saberlo loco no era suficiente, eso simplemente podía ser una farsa, una treta que lo librara de su verdadero castigo. Él tampoco se engañaba y era mejor vigilar ese asunto de cerca.

Habían pasado tres meses ya de un hombre sin máscaras y para nuestro querido personaje, que nada le era oculto, reflexionaba en toda la información recibida con la concentración que requería. Aprovechando que su querida Haydée había salido con Alí para hacer unas compras, él acabando un café que le había servido Bautista y con esa expresión tan imperturbable que le caracterizaba a su atractivo rostro, miraba el horizonte del vasto océano sentado en un cómodo sillón que ocupaba el balcón de su habitación, mientras a su vez, sus dedos rozaban los sobres que estaban esparcidos sobre la mesa que tenía a su derecha.

Tenía tanto en qué pensar por lo sabido que no sabía de qué lado de la balanza poner los asuntos para encontrar el equilibrio. Sin embargo, por más que trató de no inmiscuirse, era menester al menos, intervenir en uno.

Los informes que recibía de su gente, Jacopo por un lado y Vampa por el otro, no le notificaban nada nuevo ni nada que su fortuna no fuera capaz de solucionar. Saber de Danglars fue sólo un suceso más, saber de Alberto y su bienestar era su promesa a Mercedes, saber de cada uno de los amigos del ex vizconde de Morcef era una manera de jugar por adelantado y cubrirse las espaldas. Saber de Julia y Manuel quienes le agradecían con el alma devolver la vida a Maximiliano, le llenaba de calidez su corazón, saber que Morrel era, como él, un hombre feliz, le llenaba de satisfacción y saber que Valentina le había complacido renunciando a la fortuna de su padre le gratificaba en gran manera, pero con lo que no contaba era que la joven demostraría una vez más ser el ángel que era. Por Bertuccio supo lo sucedido en el caso de Benedetto y no sólo su condena y que vuelve a ser inquilino de Tolón, sino lo que había hecho Herminia y también Valentina. Francamente lo que la madre hiciera por él no le importaba ni era de su incumbencia, pues por algo era la madre y qué bueno que le había reconocido y buscaba congraciarse con el hijo que creyó muerto y que él a su vez, le diera la oportunidad por la que la mujer rogaba. No obstante, lo que no compartía del todo era la decisión de Valentina y esa parte de la fortuna de Villefort que ponía a disposición de su medio hermano una vez cumplida su condena, pues Edmundo que le había tratado y conocía su corazón miserable, sinvergüenza, hipócrita y ambicioso que le repugnaba, así como de la maldad que no reparaba en mostrar hasta llegar al homicidio cuando alguien le estorbaba o no hacía lo que quería y no tenía cabida en sus planes, dudaba si realmente el tiempo de su encierro le hiciera cambiar y ser una buena persona, por lo que, tomando cartas en el asunto, resolvió escribirle a Benedetto y hacerle ver, o mejor dicho, recordarle en los mejores términos, la protección de la que sus hijos gozaban y evitara hacer planes apresurados. Eso era algo que él se encargaría de frenar.

Preparó tinta y papel y sin pensarlo empezó:

"Benedetto:

Esta carta puede sorprenderos puesto que sería lo último que esperabais recibir de mí y tenéis razón por lo que os aclaro lo he hecho, sin resentimientos por haber intentado robar en mi casa, con un solo propósito; recordaros que Valentina y Maximiliano gozan de mi absoluta protección y sabiendo vos que estoy enterado de todo, que sigo informado de cada paso y que mi poder es ilimitado para todo lo que se me antoje hacer, sin más preámbulo paso a deciros lo siguiente.

Cómo podéis ver, estoy al tanto de todo y he sido notificado de la decisión de Valentina, como también sé que ya os ha visitado y que os cede un porcentaje de la fortuna del señor Villefort, misma que os esperará cuando hayáis cumplido vuestra condena, espero pues, que para ese entonces seáis otra persona y os hayáis redimido puesto que tendréis el tiempo de sobra para meditar vuestro futuro y no volver a tener cerebro de nuez y perder ese dinero en juegos de la noche a la mañana porque sería vergonzoso y la decepción de las damas que han puesto su voto de confianza en vos, dándoos la oportunidad de cambiar. De más está recordaros lo que fuisteis y que por vuestros errores, (como el asesinato de vuestro compañero Caderousse) estáis de nuevo como inquilino de Tolón, ¿Creísteis que los muertos no hablaban? y os advierto que esta vez no habrá un Lord Wilmore que os visite ni un abate Busoni que os confiese por lo que confío en que la buena voluntad de vuestra media hermana y madre, os sea una muestra viva de la bondad que aún anida en el ser humano, sed vos pues testigo y agradecido..."

El conde siguió escribiendo afanado y concentrado, tenía que asegurarse de que el hombre, al menos por temor, tomara sus consejos y espantara, despojando de su cabeza, toda idea que estuviera maquinando con respecto a su "inesperada fortuna" que ahora le aguardaba y sonreía, como también que esperara paciente su tiempo para salir con la cabeza en alto y dispuesto a comenzar una nueva vida. Nadie mejor que Edmundo entendía lo que el hombre estaba pasando, él también fue encerrado joven perdiendo los mejores años de su vida que le fueron arrebatados, sólo que, a diferencia de Benedetto, él era inocente y cumplía una condena sin juicio y perpetua hasta morir, en cambio el joven era culpable y tenía un tiempo establecido para recobrar su libertad. Dantés rogaba que sus líneas fueran suficientes para contribuir a un cambio positivo en la nueva formación del hombre. En el fondo no deseaba decepcionarse y así concluyó su carta:

"Os insto pues a ser el hombre que espera de vos vuestra madre y media hermana y que con respecto a mí, vos decidáis si me queréis como un aliado o como un enemigo, os recuerdo que lo segundo no os conviene puesto que me conocéis y aunque pasen los años, el conde de Montecristo no olvida ni lo bueno ni lo malo y siempre estaré cerca de mis estimados acudiendo a su menor necesidad como también estaré presto a castigar a quien mal obre sobre el bien. Aprovechad pues esta segunda oportunidad que os brinda la vida, una que rara vez los hombres ofrecen.

Espero pues, toméis mis humildes consejos y hasta pronto."

Edmundo firmó como el conde y reservó la carta. Se aprestó de una vez a escribirle a la misma Valentina haciéndole ver sus impresiones y al mismo tiempo, aconsejándola. También aprovechó y le escribió a Maximiliano, siempre el joven y su hermana y Manuel, le llenaban de esa paz y bienestar que de vez en cuando se busca para aplacar las inquietudes y el malestar, sabía que siempre en ellos encontraría la bondad que sólo el corazón sincero es capaz de dar. Al mismo tiempo le escribió a Mercedes para darle noticias del bienestar de Alberto y así estuviese tranquila. Reservó todas las hojas que luego metería en sus sobres y le dio instrucciones a Bautista de ser enviadas a su destino de inmediato. Haydée no tardaría en llegar y debían abordar de nuevo su barco. Zarparían otra vez con rumbo hacia el Índico, para seguir viviendo junto a su esposa el viaje de bodas que aún disfrutaba por Arabia y Persia. Ya luego decidiría el momento de retornar a Europa. En el fondo, Dantés estaba feliz y agradecido, pues Haydée estaba presentando síntomas positivos que le indicaban que ya no serían dos sino tres y eso era suficiente para sentirse un hombre nuevo y completamente diferente. A pesar de todo lo que vivió, Dios al final estaba recompensándolo y sabía que otra historia se añadiría a su vida con nuevos y mejores capítulos. Siempre sería Edmundo Dantés, siempre estaría para sus amigos y siempre guardaría en su mente y corazón las sabias enseñanzas de su segundo padre el abate Faria, sin embargo y por los azotes de su experiencia, siempre sería enemigo jurado de la injusticia y castigaría al culpable sin dudarlo. Siempre recompensaría la bondad como también castigaría la maldad. Después de todo, al final, Dios le había hecho justicia. El que había sido el humilde y honesto marinero marsellés conocido como Edmundo Dantés, querido por unos y odiado por otros, aquel que injustamente vivió durante catorce años el encierro en un castillo del terror al que fue confinado y aquel que gracias a su maestro e ingenio, logró encontrar un incalculable tesoro transformando su vida, jamás dejaría de ser el hombre en que la recompensa le convirtió; no Simbad, no Wilmore, no Busoni, sino en el enigmático y poderoso conde de Montecristo.


Fin


viernes, 15 de octubre de 2021

Mi "epílogo" de Montecristo (parte 6)


X

La noticia del ahorcado habría pasado desapercibida si se hubiese tratado de un indigente cualquiera, no obstante, el cadáver se logró identificar como el reconocido banquero francés, cuerpo que, como nadie se molestó en reclamar y que, como se conocía en vida su actuar sinvergüenza, el desdichado, por orden forense, púsose junto con otros cuerpos que, antes de descomponerse aún más, sería  inhumado en una fosa común, puesto que sin reclamo tampoco sería repatriado para evitarle gastos innecesarios al Estado italiano. Danglars, luego de su experiencia con Dantés y con el dinero que como limosna le permitió el conde conservar, aún permanecía en el norte de Italia sin lograr huir a Suiza, fue ahí donde se enteró de la nueva vida de su hija y lo que lo llevó a adelantar su cita con la Parca. Su nombre y noticia, apenas y fue nombrado en la sección de sucesos en el diario local. Cuando Eugenia se enteró, el asunto le pasó sin pena ni gloria, comparándolo más bien, con el cobarde de Morcef, el que hubiese sido, para su desdicha, su suegro. Recordar eso le provocaba náuseas, toda su vida "familiar" se había reducido a "intereses" y a los números "planeados" que pudiese aumentar para gozo de su progenitor y bienestar de su supuesto patrimonio. Ella jamás perdonaría ni olvidaría el negocio que representó para Danglars, atándola a un hombre que ni ella amaba ni él tampoco. Alberto no estaba tan mal, pero no para ella y estaba segura, que así como lo sucedido al banquero no la perturbó a ella, menos lo haría a su madre. La conocía tan bien que la frívola Herminia resentiría más la muerte de Debray que la del que fue su marido por apariencia. Lo cierto era que la muerte de Danglars no le afectó a nadie, salvo (y posiblemente) a su tan mentado ferrocarril y a los que tenían inversión bancaria con él y ahora, habían perdido todo. Ese había sido el final para alguien que, movido por envidia y ambición, actuó con maldad premeditada, contribuyendo a destruir la vida entera no sólo de uno sino de dos inocentes; la de Dantés hijo y la de Dantés padre y así como este segundo no tenía tumba, él tampoco la tendría. Así se cumple que el que la hace, la paga.

XI

Luego de la renuncia de Villefort a la causa, como recordará el lector, el caso Benedetto fue empezado como una nueva instrucción confiada a otro magistrado y éste, teniendo las pruebas, tomó su resolución como ya se sabe. Benedetto fue condenado y, sin estar de más la autoridad del juez, severamente advertido de no aliarse con otros corsos para intentar escapar a las montañas o por mar, enviado de nuevo e inmediatamente al lugar que él ya conocía a cumplir su condena; el presidio de Tolón al sur del país. Al saberlo Herminia gracias al periódico de Beauchamp que seguía el caso con evidente y morboso interés, sintió volver a perder a su hijo definitivamente. La distancia del lugar y del mismo tiempo no era nada favorable. La mujer sólo deseaba una oportunidad más para recuperar a su hijo y por eso había recurrido a la única carta que podía jugar, al único recurso que le quedaba y del que podía disponer como su última alternativa; Bertuccio, porque la noticia del encierro del "falso Cavalcanti" se extendió como la pólvora, para empezar, por todo París.

Cómo lo decidió el mayordomo, un buen día visitó a Benedetto viajando hasta Tolón, llevándole unas viandas con alimentos y también dos sobres; una carta de Valentina y la otra de Herminia. Bertuccio le hizo ver que la joven era su media hermana, resumiéndole el suceso con ella, su atentado y su supuesta muerte, como también la intervención de Montecristo para salvarla. Cuando se mencionó al conde, Benedetto se sacudió un poco, por estúpido perdió todo sin deducir quien había utilizado a quien, si él al conde prestándose a su juego y haciéndose pasar por el hijo perdido Cavalcanti o el conde a él sabiendo quién era y otorgarle una falsa personalidad para ayudarle con sus planes. Lo cierto es que los dos se beneficiaron del negocio, él vivió, aunque de manera breve, la vida de opulencia, dinero y juegos y el conde su cometido con sus enemigos, salvo que Montecristo salió bien librado y él, bien embarrado. Bertuccio le instó a leer las cartas antes de irse porque de ambas debía llevar respuesta, sea un si o un no y aunque el hombre adivinaba dichas respuestas decidió esperar. Pacientemente esperó notando las reacciones del hombre. Leyó primero a su media hermana, sorprendiéndose de cuanto le decía y su respuesta enviada fue sí. Luego leyó la de su madre, Bertuccio notó el temblor en su mano cuando sostenía el papel y antes de decir su respuesta, el mayordomo le instó a que lo pensara bien. Herminia se había ido a una casa de campo en las afueras de París, pero antes de partir pasó personalmente a verlo, a hablar con él y a dejarle su carta. Ella estaría esperando la respuesta en su nuevo domicilio, por lo que al decirle Bertuccio su impresión de la mujer, Benedetto accedió a su petición. La respuesta a su carta, también era un sí.

Bertuccio partió complacido y Benedetto se quedó pensativo. ¿Tendría el tiempo para redimirse? De pronto su condena le pareció una eternidad.

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lunes, 11 de octubre de 2021

Mi "epílogo" de Montecristo (parte 5)


IX

Dos semanas después de la boda, Maximiliano y Valentina se instalan en la casa de los Campos Elíseos que el conde les dio como regalo de bodas y había sido ahí donde Valentina, dos semanas después de su llegada, leyera la carta de su querida Haydée quien confiando en la intuición del conde, la envió a dicha dirección con la seguridad de que sería recibida por la joven. Obviamente el abuelo Noirtier se mudó con ellos y como Bertuccio quedó a su servicio, nadie mejor que él para convertirse en el mayordomo de la casa. El regreso de los recién casados causó asombro y más, a quienes conocieron a la bella joven, pues sabiéndola muerta y sepultada, provocó en más de alguno, que tal sorpresa de verla viva y aún más hermosa de lo que era, se le bajara la presión y en el caso de las mujeres, uno que otro desmayo. La pareja no quiso aclarar nada y únicamente daban gracias a Dios y a su protector y querido amigo el Conde de Montecristo, el haber actuado a tiempo, descubrir quién era su asesina y lograr salvarla de ser su siguiente víctima, sólo que para eso, fue necesario fingir su muerte. Las artes medicinales del conde eran maravillosas y a ese ángel le daban todo su reconocimiento por lograr hacer que el veneno que debía matarla, más bien le beneficiara como antídoto gracias a otro. Hasta el doctor que había visto a la joven en su enfermedad estaba impactado, el señor d'Avrigny reconoció que como médico de cuerpo y alma, Montecristo resultó ser mejor que él. 

Valentina no fue ajena a lo que había sucedido en su ausencia, y más que lo sucedido a su madrastra y medio hermano, le dolía la condición de su padre; el implacable procurador del rey que parecía que nada le podía turbar, el hombre más seguro de sí mismo en toda Francia, había caído a un abismo de oscuridad y ahora era completamente ajeno a su realidad. A Valentina, le pareció increíble ver a su progenitor en el estado en que se encontraba y creyó, cuando supo la historia de ese pasado que no podía asimilar del todo entre el procurador y Dantés, que la justicia divina caía tarde o temprano y no a medias sino de un solo golpe y se dio cuenta también de lo indigna que era ella al afecto del conde y sin embargo, sabiéndola hija de su enemigo, él le manifestaba por su cariño hacia Morrel, el mismo sentimiento, uno que ella dispuso atesorar como una verdadera joya. Villefort, al ver con sus propios ojos que Edmundo Dantés había regresado de su tumba para vengarse por el mal que deliberadamente le hizo, provocó que le volara la cabeza con tal impresión que no fue capaz de soportar.  No obstante, para el señor Noirtier, que no se podía engañar, no se creía del todo la locura de su hijo y no quería pensar que fingía demencia severa, prefiriendo estar encerrado en un manicomio que guardando condena en una cárcel como lo hacían tantos otros que él mismo había condenado. Así pues, Noirtier negábase a creer que una mente tan brillante como la de su hijo estuviera ahora apagada en la oscuridad de la locura. Aunque en el fondo no le extrañaba semejante treta que librara a Villefort de responder por todos sus actos ante la justicia, incluyendo el bastardo aparecido. Valentina se dio cuenta de la existencia de su medio hermano, noticia que también sorprendió a Maximiliano y más, al saber que se trataba del supuesto noble Andrés Cavalcanti que también conocía, ya que como recordará el lector, nuestro militar enamorado y desdichado por creer a su amada muerta, desligose de todo y fue ajeno al paso de esos sucesos de los que todo París habló durante días, refiriéndose al escándalo acaecido en la casa de Danglars. Así también se sorprendió Valentina pues recordó que Eugenia habló sobre su compromiso con él la última vez que la vio y todo eso los tenía asombrados. La joven heredera de Villefort sentía una mezcla de decepción y vergüenza hacia su progenitor ahora conociéndolo mejor, compadeciendo de igual forma, a su medio hermano, inocente y a la vez víctima de las circunstancias, historia que corroboró Bertuccio, apoyándola en lo que la joven había decidido cuando ella se los hizo saber. Valentina no podía negar ni esconder al hermano que tenía por lo que, recordando la petición del conde y deduciendo que él sabía que al regresar ellos a París iban a darse cuenta de las cosas (por eso la carta de Haydée llegó a ese domicilio) iba a complacer a su ángel decidiendo dos cosas; renunciar a esa fortuna donándole parte a la beneficencia y el resto del porcentaje, otorgándoselo  a Benedetto para que, cuando cumpliera la condena y saliera de la prisión, pudiera enmendar su vida, aprender de sus errores y comenzar de nuevo como a él más le pareciera. Era lo menos que podía hacer, algo que llenó aún más de orgullo a su enamorado marido, ganándose también la admiración de Bertuccio y rogando haber hecho bien, para obtener la aprobación del conde cuando lo supiera. Además era la única heredera de su abuelo y de su madre y con ambas fortunas tenía más que suficiente para asegurar su vida y hasta la de sus nietos. 

Noirtier respetó sus deseos, aunque no estando tan convencido con respecto a Benedetto y menos por todo lo narrado por Bertuccio que lo conocía bien. Muy dentro del corazón de un viejo que había recorrido toda una vida y de un hombre que había servido a la causa de la restauración napoleónica en los tiempos de los Borbones, de un hombre que antepuso ambición e intereses a costa de la vida de otros por su simpatía y servicio al Emperador, existía una intuición inequívoca y sabía que el ser humano obedecía más a su naturaleza que a sentimientos y si Benedetto tenía más sangre del padre que de la madre, esto podía convertirlo en lo que el joven más odiaba; sabiéndose con fortuna como era su deseo como falso Cavalcanti, podía convertirse ahora en un verdadero Villefort y peor que el anterior. Si muchos animales tenían por instinto el asesinar, a  alguien que lleva dicha sangre no lo necesitaba. Eso ya era parte de su naturaleza. Siete años para él se veían lejos y no viviría más para ver cumplir ese plazo, pero era posible que para el bastardo se fueran en un suspiro recobrando su libertad... Y su venganza contra todos ahora que conocía su identidad y el estatus que se le negó.

El abuelo empezó a ver a Benedetto como una amenaza y temió por el futuro de su nieta. Lo que decidió Valentina podía no ser lo más acertado.

Y en el fondo, Bertuccio pensaba igual.

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jueves, 7 de octubre de 2021

Mi "epílogo" de Montecristo (parte 4)


VII

El juicio de Benedetto se retomó de manera privada y a puertas cerradas. Obviamente, se le encontró culpable de la muerte de Caderousse debido a las pruebas y a la acusación del mismo muerto y se le condenó a siete años de prisión. Herminia supo la noticia gracias al periódico de Beauchamp que publicó la nota y eso la devastó. Recuperar a su hijo sería imposible, el hombre le pidió que lo dejara luego de saber quién era ella, Herminia rogó su perdón, pero él sólo le pidió tiempo, ahora tenía encima la condena a cumplir y obvio, sería trasladado a otra prisión. Insistir en recuperar el tiempo perdido y hacerle nacer cariño hacia ella ahora ya sería imposible. La mujer se sentía completamente sola y estaba considerando vender la casa e irse de París para iniciar una nueva vida lejos, si Benedetto no quería saber de ella ni perdonarla, iba a respetar su decisión. Cómo madre sólo rogaba porque ese tiempo de encierro le hiciera reflexionar y cambiar, le escribió una carta haciéndole saber sus deseos y el que ella estaría esperándolo si él decidía buscarla una vez acabada su condena. Igualmente, Herminia estaba decidida a dejarle una parte de herencia en caso de fallecer antes y así tratar de retribuirle en algo la triste vida en la que él se formó. Bertuccio, que había hablado con Noirtier y Valentina sobre su parte en la historia y lo que Villefort le hizo a su hermano y que por eso había intentado matarle la noche que salvó al bebé de un fatal destino, ya conocía también la disposición de la joven en cuanto a Benedetto, como también, de la noticia de su condena y de vez en cuando iría a visitarlo, rogando que en ese tiempo, Benedetto cambiara y tratara de enmendar su vida para cuando lograra salir, fuese una persona diferente, esa que él quiso forjar.

VIII

Recordando Maximiliano y Valentina las palabras del conde en su carta "esperar y confiar" se aferraron a esa esperanza y fue así, como un buen día les llegó una carta de Haydée.

"Querida hermana:

¡Soy tan feliz! Y sé que tú también lo eres. Él no deja de tratarme como la princesa que soy, siempre admiré su trato hacia mí aún siendo su esclava, pero ahora es más, demasiado, creo que exagera, me trata como una muñeca de cristal a la que cuida y teme quebrar. ¡Le amo tanto! Nos hemos casado en un romántico crepúsculo frente a las costas griegas y es su deseo navegar ahora hacia Oriente, haciendo una visita a los árabes y luego a los mismos orientales, culturas que deseo también conocer de cerca. Aún no sé si volveremos a Europa y de hacerlo, creo que residiremos en Italia, posiblemente en su isla. Si eso pasa ustedes serán los primeros en saberlo, ¡Nos encantará tanto volver a verlos! Por ahora yo siento que él necesita tiempo y hacer pasar de su ser todo lo que le ocurrió antes y después de convertirse en el Conde de Montecristo. Aún yo me pregunto, a veces que lo noto melancólico con quién estoy, si con el Edmundo de Marsella o con el conde, ¡Es un hombre tan fascinante! Su autoridad, su trato, su voz, su inteligencia, su andar lento, regio y elegante, sí, ¡Estoy enamorada! Siento que lo venero, ¡Y es mi esposo! ¿Puedes creerlo? ¡Él es totalmente mío! ¿Podría ser más feliz? Tengo una dicha tan plena, le amo más que a mi vida, él es mi vida, no soporto estar separada de él, si antes debía resignarme a verle por breves momentos y a casi mendigar su tiempo, rogando su valiosa presencia, ahora no y como es mi derecho, le hago saber que le necesito todo el tiempo, mismo que ahora me otorga aún más y con sumo placer. El calor de su cuerpo es mi bálsamo y él me dice que yo soy su paz. Sabe que te estoy escribiendo y les manda sus saludos y bendiciones. Espero hermana mía que seas tan feliz como yo, así como espero el día en que nos encontremos otra vez y hasta ese momento, completaremos nuestra dicha. Te envío todo mi cariño, pronto tendrás más noticias de nosotros. Cuídense.

Tu hermana que te quiere:

Haydée."

Valentina llevó la carta a su pecho y suspiró feliz. Ella entendía perfectamente a Haydée, ella también estaba casada con un hombre maravilloso que la amaba y que ella amaba de igual manera. Sí, ellas eran muy afortunadas. Gracias al conde de Montecristo, ambas eran dichosas.

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sábado, 2 de octubre de 2021

Mi "epílogo" de Montecristo (parte 3)


V

—¿Vos?   —preguntó Benedetto sorprendido—. ¿Os dignais visitarme para constatar que sigo aquí y que no he escapado de mi juicio?  ¿Me traéis algún recado de Eugenia? Sabed que a pesar de todo, me sentía afortunado por haber encontrado una familia a la cuál pertenecer y ya no ser un individuo solitario. Tal vez en parte es lo único honesto que puedo confesar. Un deseo ardiente que quise hacer realidad. Crecer sin una familia... No saber quién eres ni de dónde vienes... No es algo agradable.

Herminia callada, tragándose su sentir y tratando de retener las lágrimas lo miraba de manera diferente. Observándolo bien, el joven le parecía atractivo, tenía algo de ella como también de Villefort, tal vez no era un príncipe Cavalcanti como su exmarido se empeñaba en nombrar a su supuesto futuro yerno, pero si tenía su aire elegante muy a pesar de su condición, de esa triste condición en la que había crecido como delincuente por azahares del destino.

—¿Y bien señora? —insistió Benedetto—. ¿Vais a quedaros ahí sin hacer nada? Parece que veis a un fantasma. Estáis en extremo pálida, ¿Vuestra salud está mejor que la que teníais en mi juicio?

Herminia palideció aún más, recordó sus desvanecimientos en la sala y de los que todos fueron testigos.

—Será mejor que os sentéis señora o vais a desmayaros y no quiero que luego me señaléis como que os hice algo, ya no quiero cargar con más desventuras, demasiadas he tenido ya. Injusticia sería hacia mí que me señalaran de haberos hecho algo cuando no os he hecho nada.

—Benedetto —murmuró ella por fin.

—Sí, ese es mi nombre.

—¿Y fuisteis criado por buenas personas?

—Ya lo sabéis, fuisteis testigo de lo que dije, por desgracia parece ser que por mis venas corre una sangre maldita que me degeneró. Siempre me pregunté el porqué tenía esta maldad, siempre quise saber quiénes eran mis verdaderos padres y por qué me abandonaron.

Herminia se debatió entre hablar o seguir callando. La debilidad que sentía la obligó a sentarse. Se quitó el sombrero y el velo. Benedetto notó lo demacrada que estaba.

—Sabéis ya quien es vuestro progenitor, uno del que ninguno se sentiría orgulloso, pero, ¿Y vuestra madre? 

—Ya lo dije.

—¿Y es cierto? ¿Lo ignoráis  o lo calláis?

—Lo ignoro —suspiró—. Cuando supe quien era mi padre... No quise que mi odio y desprecio se aplacara por ella, sus razones habrá tenido para deshacerse de mí.

—¡No! ¡No se deshizo de vos! —Se lanzó a los brazos del hombre que la sostuvo con asombro por el extraño arrebato—. Ella no se deshizo de vos.

Herminia dio rienda suelta a su llanto sin poder controlarse.

—¿Por qué decís eso? —la interrogó curioso—. ¿Es que acaso la conocéis? ¿Es una dama de sociedad? ¿Es amiga vuestra?

—Soy yo Benedetto —confesó con la voz desgarrada—. Yo soy la que os dio la vida, pero al nacer se me dijo que no la teníais y Villefort se encargó del bebé, no sé si de verdad te creía muerto o me mintió para deshacerse del fruto de nuestra relación prohibida que pusiera en entredicho su posición como procurador y hombre de familia. Jamás volvimos a hablar del asunto, jamás supe nada más, me conformé con lo que había pasado creyendolo un merecido castigo a nuestro pecado y así viví. 

Benedetto se soltó de ella apartándose para verla mejor y para analizar aquello que se le había revelado. La mujer estaba en el juicio por casualidad,  por lo sucedido a su hija no por él, sin embargo, al darse cuenta de todo, fue por eso sus desvanecimientos, tanto Villefort como ella fueron descubiertos. Benedetto se horrorizó por saber que podía haberse casado con su media hermana y casi vomita.

—Perdoname hijo —suplicó Herminia arrodillada—. Soy culpable también, me conformé con lo que me dijeron, de lo contrario te hubiese buscado.

Benedetto permaneció callado sin dejar de observarla, necesitaba tiempo para similar tal revelación.

VI

Mercedes trataba de acostumbrarse a su vida en Marsella, volver a ella no era fácil, no porque se hubiese olvidado de sus orígenes y extrañara la opulencia que un condado ofrece, sino por Alberto, haberse separado de su hijo por las circunstancias que ahora pasaban le era en extremo difícil, le extrañaba mucho, estar sola era un suplicio aunque esa paz le ayudara a encontrarse con ella misma. Olvidó e hizo olvidar que una vez y por muchos años fue condesa, ahora vivía de manera modesta, de esa manera en la que soñó muchas veces vivir con Edmundo, teniendo únicamente lo necesario y sobre todo amor, sólo que en ese momento era de lo que carecía, de su amor. Mercedes en el fondo se reprochaba haber salido de los catalanes y olvidar la desgracia con Edmundo, entregándose a Fernando. Se culpó y vivió de esa manera, debió salir adelante sola y guardar la memoria de su amado como debió ser, ahora le era tarde para enmendarlo por eso se sentía indigna, por eso se sentía culpable, por eso y por segunda vez debió renunciar a su amor y a terminar con un final feliz lo que una vez debió ser. Alberto debió ser su hijo, él debió ser su padre y reflexionar en todo eso la volvía desgraciada, jamás se perdonaría haber vivido por más de veinte años junto al hombre que con artimañas destruyó a Edmundo y asesinó a traición al Alí de Janina. Mercedes se llenaba de repugnancia al imaginar el semejante monstruo que era el hombre con el que compartió su vida, una que reconoce haber desperdiciado siendo lo único bueno su amado Alberto, el único consuelo a su vida vacía y del que ahora, anhelaba su compañía en vano. Si no fuese por él y porque esperaba su regreso con ansias, confiando en el poder de Dios su vida y su seguridad en los recursos de Edmundo, ella estaría enclaustrada en un convento expiando la culpa que sentía por el cruel destino de su Edmundo, el hombre que, aunque no fuera de ella, le llevaría siempre ardientemente en el corazón y en la mente como el único amor de su vida. Alberto había alzado su propio vuelo, el joven buscaba labrarse un camino como militar y en su tenacidad estaba seguro que lo haría, honrando el apellido de su madre y olvidando el del padre. Eso le haría ser mejor hombre y mejor persona, lo sucedido le había hecho madurar más y aunque había perdido los privilegios que su condición le había otorgado y vivía ahora del esfuerzo de su trabajo que sabía lo volvería un hombre verdadero. En el fondo de su corazón sabía que era inmensamente rico; tenía lo más importante, el amor y apoyo de su amada madre y más adelante, podría conocer el verdadero amor que en el fondo deseaba tener. Conservaba a pesar de todo el afecto del conde y también a sus antiguos amigos; Debray, Beauchamp y Renaud, a Morrel y también a Franz, con quién mantenía correspondencia y había sabido lo sucedido con la cancelación de su boda y los motivos. Franz estaba en Florencia otra vez y al parecer estaba decidido a no volver a salir de Italia en mucho tiempo, de hecho, mantenía una estrecha relación con su amiga, la condesa de G... quien había sabido por él la verdadera identidad de su lord Ruthven y parte de su historia y a su vez, Franz había sabido por ella, lo sucedido con Villefort y con una Valentina resucitada que ahora era la señora de Morrel. E'pinay no podía olvidar lo que vivió gracias a esa familia a la que casi se ata. Nunca podría olvidar que Noirtier había sido el asesino de su padre y lo mejor que podía hacer era jamás tener que volver a encontrarse con ninguno de ellos.

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lunes, 27 de septiembre de 2021

Mi "epílogo" de Montecristo (parte 2)


III

Resolviendo enfrentar a Benedetto, Herminia se vistió como de costumbre, aunque con menos elegancia, con un velo negro cubriendo su cara y sobrero y haciendo el mismo trámite de las veces anteriores. Alquiló un cabriole y pidió ser llevada a la prisión donde se encontraba el hombre a la espera de su sentencia definitiva, recordemos que había pruebas de ser el asesino de Caderousse y eso no lo podía cambiar. Cómo buena dama de sociedad que sabe moverse en cualquier ámbito, pagó el estar a solas con el preso, el cual fue conducido hacia ella cuando le notificaron la visita femenina que le aguardaba. Benedetto se sorprendió y por un momento creyó que se trataba de Eugenia que venía con sus aires de nobleza a recriminarle lo sucedido en la fiesta y a cobrarse la humillación, gozándose de su desgracia con la que pagaría sus andanzas, pero al instante lo pensó mejor y se conformó creyendo el asunto una visita conyugal de alguna de las amigas con las que ya había intimado y eso lo consoló un poco. Mayúscula fue su sorpresa cuando al entrar en el cuarto reservado, reconoció a la mujer que le esperaba. Los dejaron solos y él se extrañó aún más. ¿Qué diantres quería la que hubiese sido su suegra con él?

IV 

Danglars no la había pasado bien luego de su experiencia en Italia y menos, luego de conocer quién era realmente el hombre que siempre creyó el Conde de Montecristo. Saber que todo el tiempo se había tratado de Edmundo Dantés, el joven a quien maquiavelicamente quitó de su camino junto con Fernando, no pudo soportarlo del todo y menos cuando cayó en cuenta de que todo cuanto le había sucedido desde que ese hombre ingresó a sus vidas  y hasta quedar en la calle, había sido parte de los planes de venganza de Dantés. Edmundo le había destruido así como lo hizo él. Ojo por ojo, diente por diente como la ley de Talión le aplicó. Con los pocos recursos que disponía, Danglars vagó como nómada evitando ser reconocido pues no soportaba la vergüenza, el que había sido un hábil y rico banquero que acariciaba cada billete que caía en sus manos, ahora era un vagabundo que atesoraba cada centavo que conservaba en sus bolsillos. Aquel hombre acostumbrado a vestir bien y a comer manjares, ahora notaba su vestimenta rota y deseaba cada pedazo de pan. El que mal hace mal acaba diría un proverbio y esto se aplicaba a él, en el fondo volvía a maldecir a Dantés olvidando su arrepentimiento cuando fue cautivo de los bandoleros y maquinaba también su propia venganza contra él y hacerle pagar el que le quitara todo, sin embargo, la Providencia conociendo los pensamientos y deseos de su corazón, se encargó de cobrarle esta vez antes de comenzar siquiera sus nuevos planes. Saber de su hija Eugenia, verla con atuendo masculino y que se abría camino en el mundo artístico como era su deseo no le impactó tanto como lo demás, hubiese sido mejor que un rayo le cayera antes que darse cuenta del motivo por el cual su hija siempre mostró aversión hacia el matrimonio y los hombres y extrema e íntima cercanía con su amiga Luisa; Eugenia tenía una viva inclinación por la especie de su mismo sexo y escuchar comentarios inmorales y escandalosos acerca del asunto y peor, saber que vivían juntas como pareja hizo que el viejo no lo resistiera. La decepción y la vergüenza se encargaron de hacer su trabajo. Una de esas mañanas, su cuerpo fue encontrado colgando de un roble.

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miércoles, 22 de septiembre de 2021

Mi "epílogo" de Montecristo (parte 1)



Nota: Esto es sólo un agregado ficticio, una muestra del epílogo de "El Conde de Montecristo" que me hubiese gustado leer más allá del final del libro. Es sólo mi idea, la trama, historia y personajes no me pertenecen. He tratado de apegarme a la narrativa y estilo del autor. He tomado la referencia de la historia tal y como está, siguiendo la misma línea de la trama del libro de Alejandro Dumas.

I

Una semana después se llevó a cabo la boda de Maximiliano y Valentina en la más estricta secretividad, siendo asistidos únicamente por el notario del señor Noirtier para la parte legal y un sacerdote para la eclesiástica, Bertuccio como criado del abuelo y Julia y Manuel como familia del novio. La pareja le agradecía al conde el haberles devuelto a su hermano y cuñado respectivamente, puesto que el militar regresó por completo a su vida, restablecido de su dolor como lo había prometido. Valentina caminó feliz y radiante con un hermoso vestido de seda blanca, corona de flores y velo de encajes, junto a su querido abuelo que, a pesar de su condición, también estaba feliz, no sólo por entregar a su tesoro al hombre que ella amaba y que la amaba igualmente, sino por volver a verla viva, superando también el dolor que le ocasionó el creerla muerta. En el fondo de su corazón, Noirtier, tan orgulloso e impasible, agradecía al abate Busoni, o mejor dicho, a Montecristo, el que le devolviera la vida a su nieta. Noirtier conoció quien era realmente el conde y que la carta que ese pobre marino le debía de entregar hacía más de veinte años, fue el principio de su injusta desgracia. Supo que Dantés fue interceptado por Villefort a causa de una injusta y malévola denuncia y aunque su hijo se cubrió las espaldas para su propio beneficio y no por él que era su padre, orillándolo al encarcelamiento, en esos momentos daba gracias al cielo por la vida del conde, como también agradecía el que su hijo perdiera la razón como castigo a su orgullo y actos que eran reprochables en un procurador del rey. El abuelo era empujado en su silla por Bertuccio hasta que los tres llegaron al altar donde Maximiliano esperaba feliz a su novia para finalmente, hacerla su esposa con tal ferviente deseo que le era una proeza contener dentro de él todas las emociones que sentía y que a la vista saltaban. Esta vez, las lágrimas que se asomaban por su brillante mirada eran de plena felicidad. 

I I

Después del supuesto juicio de Benedetto, que debió suspenderse por el inesperado giro que tomó por las confesiones que involucró al procurador del rey, Herminia se encerró en su casa y en su habitación sin querer comer y sin dejar de llorar. Echada en su cama pensaba con remordimientos lo que había sido el destino de su hijo. Los sirvientes le atribuían su mal estado de ánimo al abandono de su marido y a la huida de Eugenia, como también a la ausencia de Luciano Debray a quien no habían vuelto a recibir en la casa. Herminia estaba completamente sola y quienes la asistían, temían que en cualquier hora llegara a atentar contra sí misma. Pero en realidad y como sabemos, la mujer agradecía haberse librado por fin de Danglars, aunque no en si de la ingrata de su hija, ni tampoco de Debray a quien no le perdonaría el terminar su relación. Sin embargo, lo que en realidad le ocupaba sus pensamientos era Benedetto, el hombre que bajo engaños estuvo a punto de convertirse en su yerno y al reparar en esto de un brinco reaccionó. Eugenia y él estaban a punto de casarse sin saber que eran medio hermanos y ese detalle, sumado a su estómago vacío, casi la hace vomitar. Ambos son hijos de su mismo vientre, gestados por ella misma. ¿Qué juego del destino era ese? La serie de emociones que manifestaba la mantenían confundida sin saber qué decidir. No sabía si odiar o compadecer a Villefort porque como él se lo había dicho aquella mañana en su despacho, el bebé nacido no tenía señales de vida, ¿Sería verdad? Ya no estaba tan segura de que él supiera que el bebé nacido esa noche de verdad estuviera muerto e imaginar que lo sabía vivo y aún así, lo enterró para deshacerse del fruto de una relación prohibida que lo comprometiera con su familia y su carrera y que luego de saberlo vivo tampoco fuera verdad que lo había buscado para luego perderle la pista, hizo que la cólera le subiera por el cuerpo y lanzara hasta las almohadas al suelo. ¿Tan cruel era? ¿De verdad había hecho todo eso sólo por mantener su reputación y estatus? ¿Habría sido verdad todo lo que él le dijo aquel día en su despacho? ¿Qué creer? Eran demasiados los detalles de esa noche que lo que él le narró no podía dudarse, pero ¿y si lo tramó? Cómo madre sufrió por ese suceso, aunque luego se resignara a que seguramente fue lo mejor, mereciendo el castigo a su pecado y adulterio, sin embargo, ahora que sabía la verdad de las cosas y ser testigo de la inesperada reacción de Villefort, confirmando todo ante la confesión de Benedetto que nadie se esperaba, supo que así sucedieron las cosas. Si Villefort en el fondo hizo todo con alevosía y ventaja y supo todo el tiempo que el bebé estaba vivo, era tiempo que padeciera el castigo a su maldad y a sus actos. Notó la expresión de ira y resentimiento en el joven hacia Villefort cuando hizo los reproches, era obvio que jamás lo perdonaría. ¿Pasaría lo mismo con ella? Benedetto dijo no saber de su madre, ¿sería verdad o la encubría? Herminia no sabía qué conclusiones sacar, pero necesitaba saberlo aunque arriesgara su reputación. Se trataba de su hijo que por años creyó muerto y ahora, sabiéndolo delincuente, se culpaba en parte de su destino. ¿Podría cambiar él sabiendo su verdad? Intuía que el joven algo reconocía en ella puesto que su humanidad no pudo resistir la impresión de su declaración al desvanecerse, eso la había delatado y más cuando Benedetto dijo no saber quién era su madre. Herminia no podía más con ese peso y no lo soportaría más si el asunto no terminaba de estallar como ya era del conocimiento de todos los presentes. Ella debía olvidarse de los prejuicios y enfrentar su pasado y las consecuencias. Estaba decidida a ir al Foso de los Leones y hablar con Benedetto, debía confesarse y liberar su alma, aunque el joven la odiara y cumpliera la condena que le estaba reservada por el asesinato que había cometido.

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lunes, 20 de septiembre de 2021

Mi opinión de "El conde de Montecristo" Alejandro Dumas

 

Como lo dije en el primer post sobre este libro, se trata de una obra magistral, uno de los mejores libros escritos, clásico entre los clásicos y una joya de la literatura universal. Con esto resumiría este libro de Alejandro Dumas y siendo honesta, está en primer lugar entre mis lecturas favoritas y su protagonista, también está entre mis favoritos amores literarios.

La obra es rica en descripción, la cual es también excesiva y minuciosa. Cada personaje está muy bien perfilado, aunque sean muchos, entre sus páginas se vive cada una de esas escenas de manera tan real, como si de verdad estuvieras ahí. Este libro tiene la virtud de transportarte de inmediato —gracias a su narrativa— a cada uno de esos lugares y escenas, así como ser parte de la historia y conocer muy bien a cada personaje como si los trataras de manera personal. Esta es la magia de la lectura, esta es la magia de un buen libro, ese es el resultado de un buen escritor. Es imposible no sentirse en Marsella, en If, en Paris, en Italia, en Montecristo, puedes sentir el calor del puerto, el olor del mar, la desesperación en esa tenebrosa prisión, el aire fresco entre esos peñascos, el navegar entre las aguas y también puedes sentir ser el dueño de semejante tesoro y hacer lo que quieras. El conde de Montecristo es como un mapa, es introducirse en ese mundo creado por Dumas, en esa isla donde se marca la “equis” y seguir cada pista hasta encontrar el tesoro al final. La narrativa te atrapa desde el inicio y aunque el libro sea extenso, te metes tanto en la historia que luego se te va en un suspiro no queriendo terminar y evitar ese vacío literario que sabes te va a dejar. Este es de esos libros en el que encontrarás escenas emocionantes y muchos párrafos con frases llenas de sabiduría y moralejas que se quedarán marcadas en tu memoria y corazón, este es de esos libros que no quieres soltar hasta terminarlo.

Como vieron en el resumen que hice, la obra está dividida en 5 partes, la primera desde que conocemos a Edmundo Dantés, pasando por su injusta encarcelación y terminando en su escape de If catorce años después. La segunda parte nos muestra su ingenio para encontrar el tesoro de Montecristo, de donde toma su nombre para hacerse pasar por otra persona al volver a la vida, su regreso a Marsella sin dejarse reconocer, lo que averiguó durante su ausencia de las personas que conoció y la ayuda que le presta a su antiguo jefe salvándolo del suicidio. También se acerca al hijo de su enemigo ganándose su confianza cuando le rescató de su secuestro en Roma y el joven Alberto, (hijo de Fernando) agradecido y admirado por la grandeza del conde le invita a Paris. La tercera parte, Montecristo le toma la palabra al joven vizconde y es presentado en la sociedad como un hombre maravilloso que poco a poco se gana la confianza de cuantos le rodean sin que ninguno de sus enemigos le reconozca; Fernando, Danglars y Villefort, así como su reencuentro con Mercedes. En la cuarta parte se nos introduce un personaje que será clave para los planes del conde y la destrucción de Danglars y especialmente de Villefort, sin embargo, hay asuntos que el conde ignora, esos que le dan la sazón a la lectura y el toque romántico que se nos quitó al principio y es la relación secreta de Maximiliano y Valentina, (el hijo de su exjefe que tanto estima y la hija del magistrado que tanto odia) dando así una serie de reacciones ligadas entre todos los personajes y algo en lo que al final el conde encontrará parte de su redención cuando su venganza se ha salido de control. Y la quinta parte es el clímax de la fatalidad para todos los enemigos del conde, muerto Caderousse y Fernando sólo le faltaban Danglars y Villefort, teniendo cada uno su merecido llegando al límite, hasta que el conde decide “rescatar lo que queda” de todo el rompecabezas que armó con cálculo, paciencia y cuidado y cuyas piezas estaban conectadas entre sí.

Dumas supo crear su historia y tejer la trama con una construcción formidable entre las locaciones, escenas, personajes y diálogos, es por eso que la obra es una auténtica e inolvidable aventura y una lectura deliciosa que todo amante de los libros se debe devorar. En cuanto a las versiones de cine y televisión, no hay ninguna que se apegue cien por ciento al libro, o al menos y siendo así, no la he visto para dar mi veredicto, vi una versión de los setentas (algo más cerca del libro) y la del 2002 y debo decir que con la del 2002 tenía demasiada expectativa que aunque tuvo sus buenas interpretaciones (Caviezel fue un perfecto Dantés) la película se mantuvo alejada de la historia verdadera quedando entonces en una “adaptación” del clásico original, porque suprimieron muchas escenas y personajes del libro de Dumas. Lo único que no me gustó en sí del libro fue el final de la historia, al menos hubiese deseado que Edmundo y Mercedes se quedaran juntos y terminaran de atar el cabo suelto del principio, como en la película, ¿o no?

Imposible no amar a un personaje como Edmundo, imposible no apreciar y admirar al querido abate Faria, imposible no odiar a Caderousse, Danglars, Fernando y Villefort, así como imposible no suspirar por el romance entre Maximiliano y Valentina, e imposible no interesarse por un personaje como Benedetto y la historia que le rodea. También son interesantes las subtramas de personajes como Noirtier, Haydée y Alberto junto a sus amigos. Temas como la honestidad, la responsabilidad, la lealtad, la codicia, la ambición, la maldad, la traición, el honor, la venganza, el amor puro y secreto, la religión, la amistad, la lujuria, la infidelidad y el lesbianismo, son sólo algunos ingredientes que encontrarás en cada personaje, así que entre recomendaciones literarias debes leer a “El conde de Montecristo” de Alejandro Dumas que, aunque aún no tenga una versión de cine y televisión a la altura del libro (y que debería) es una historia que debe tenerse en toda biblioteca por ser una historia maravillosa y de los mejores libros que se puede contar entre los clásicos de la literatura. Quise que tuviera un epílogo más allá de lo que conocemos porque algunas cosas quedaron en el aire, me tomé la atribución de hacer uno que subiré aquí mismo en el blog porque, aunque el libro sea dominio público es mejor hacer las cosas con respeto. Espero lo leas.

El conde de Montecristo es una historia magistral, una joya de la literatura universal. Lectura 100% recomendada.


domingo, 29 de agosto de 2021

El Conde de Montecristo - Alejandro Dumas (parte 5 - 2/2)

 

“Llegado a la cima de su venganza por la pendiente lenta y tortuosa que había seguido, se encontraba al otro lado de la montaña con el abismo de la duda.”

Huyendo y creyendo burlar todo, Cavalcanti pasa la noche en una posada donde es aprendido al amanecer cuando pretendía volver a escapar, encontrándose en el mismo lugar con Eugenia y su amiga que ayudaron a entregarlo, (obviamente la supuesta novia debía desquitarse la humillación) aunque al final, Benedetto terminó humillándola más, puesto que ella deseaba permanecer oculta en su fuga, el que fuera encontrada en la misma habitación que su amiga y con ropa de dormir y más, cuando le dice su nombre frente a las autoridades que lo apresaron, era entregarla a la vergüenza y chismes de la gente. Habladurías que también recaerían contra el banquero y su mujer. Las tendencias sexuales de la chica por fin estaban descubiertas y de ahí, su rechazo a los hombres.

Habían pasado cuatro días en los que Valentina Villefort no mejoraba en salud manteniéndose en cama y débil, pero viva, asunto que al menos les daba tranquilidad a medias a Morrel, a Noirtier y al mismo procurador. La habitación de la joven estaba siendo custodiada por sus allegados, sin embargo, en las sombras de la noche y creyendo ella que alucinaba por efecto de la medicina y la fiebre, miraba una silueta oscura paseándose en su recámara, como también veía otra que entraba por su biblioteca y a esta le miraba más figura humana y hasta conocida, por lo que en vez de temerle sentía que no la amenazaba sino que la protegía y más, cuando esa figura le tocaba el pulso y observaba lo que bebía. La noche que la figura le habló, la joven reconoció al conde de Montecristo. Éste le explicó que desde hacía cuatro noches velaba por ella y que por eso debía confiar en él, le dijo lo que pasaba entorno a ella y su situación y hasta se lo comprobó, descubriendo así al verdadero enemigo de la casa; Eloísa de Villefort, su madrastra, era quien se había encargado de envenenar a los personajes que ya sabemos y que también deseaba acabar con la vida de la joven con la única finalidad de que su hijo Eduardo, fuese el heredero universal de toda la fortuna de la familia. Valentina supo que quien le estaba contrarrestando los efectos del veneno de la mujer era el mismo conde que la hacía beber una especie de “antídoto” y ese era el motivo por el cual la joven seguía con vida, aunque débil. No obstante, el asunto debía tomar otro giro, según Montecristo, por ella misma y Maximiliano, así que haciéndola cómplice de su plan, ella accede poniéndose en sus manos, aunque eso signifique poner a todos sus conocidos de cabeza.

La ruina de Danglars es también inminente, reflexionando sobre la desgracia de Villefort, la deshonra y muerte de Morcef y ahora él siendo ridiculizado por un bandido que se hizo pasar por noble y la fuga de su hija malagradecida, lo tiene desesperado, además de su condición financiera. El banquero que sólo contaba con una cantidad de dinero de la cual disponer, es visitado por Montecristo, quien retira cinco millones de su crédito, impidiendo así hacer la jugada del viejo. Danglars tenía ya planes para ese dinero y el conde se los mandó al garete. Este suceso provoca la huida desesperada del banquero.

El día anterior, por la mañana, la muerte de Valentina sorprende a muchos, Villefort casi enloquece de dolor, al igual que Morrel y el abuelo Noirtier que en su condición, describe el escritor, que las venas de su cuerpo le inyectaron de rojo llenándole de furor, mostrando su dolor de esa manera. El procurador, que no conocía a aquel militar abatido por el dolor también, hasta ese momento se entera del amor de Morrel por su hija y Maximiliano le exige que como autoridad la vengue pues les dice a todos que Valentina ha sido asesinada. Noirtier y el doctor d’Avrigny secundan lo dicho por el hombre y Villefort, sintiéndose acorralado y sin caso a negar las cosas ante la furia de Morrel y las miradas de los demás, sólo pide tres días para dar con el culpable y hacer justicia. El doctor d’Avrigny que estuvo pendiente, se encarga de hacer llegar al lecho de la difunta al abate Busoni para que rece por el alma de la joven y la condición del abuelo que no dejaba de mirar el cuerpo inerte de su nieta en la cama.

La joven fue velada toda esa noche y esa mañana ya todo estaba listo para su sepultura. El funeral se lleva a cabo con toda la solemnidad, siendo que, estando en el cementerio, el conde observa de lejos a Morrel adivinando sus intenciones de suicidio. Luego de la sepultura le visita en su casa y le revela quien es para evitar que el joven haga una locura que llene de dolor a su hermana Julia y a su cuñado Manuel. Montecristo le recuerda el momento que el señor Morrel iba a hacer lo mismo y que él, como Simbad el marino había evitado. Esta revelación llena de alegría a la hermana de Maximiliano cuando se entera y el agradecimiento no les es suficiente, tenían frente a ellos por fin al salvador de la familia que evitó una tragedia años atrás y ahora volvía a evitar otra a un miembro de la misma familia, sólo que las causa eran diferentes; Morrel padre había decidido suicidarse por la ruina que tenía encima sin poder responder a los acreedores y Morrel hijo, había resuelto acabar con su vida por no resistir la muerte de su amada. Montecristo les dice a todos que se va de viaje, diciéndole también a Maximiliano que lo llevará con él. El conde le pide un plazo para que aplaque su dolor y si pasado ese tiempo nada cambia en él, entonces el mismo Montecristo se compromete a ayudarle a morir. Con esto, Edmundo gana el tiempo que necesita para completar su trabajo.

Por su parte, en uno de los tantos domicilios, Luciano Debray, que había mantenido un amorío secreto, corta toda relación con Herminia Danglars, asunto que toma por sorpresa a la mujer que creyó seguir conservando a su amante luego de que su marido el banquero, la dejara en libertad y se marchara de Francia. Para Debray el asunto con Herminia ya había perdido sabor, hastiándolo más que complacerlo y ella humillada también le deja. Y en ese mismo momento y en el mismo lugar, Mercedes y Alberto que se habían mudado a una habitación cercana, resuelven irse de Paris, ella a Marsella y él enrolado como militar. Montecristo decide ayudarlos en su nueva vida.

El foso de los leones es una cárcel donde se custodian a los presos más peligrosos y en ese lugar estaba Benedetto, esperando su juicio y es visitado por quien menos esperaba; Bertuccio le habla en privado porque llega dispuesto a decirle su origen y de quien es hijo.

Como se recordará en un párrafo anterior, el abate Busoni se había quedado sólo con Noirtier y la difunta el día de su muerte, esto hizo que la dulce caridad y el poder persuasivo del religioso le devolviera al viejo la paz que necesitaba, resignación que impresionó tanto al médico como al magistrado después y poco antes de la sepultura de la joven. No obstante, pasado ese tiempo y para apaciguar su dolor, Villefort trabajaba en dos casos a los que estaba volcado absorbiéndole por completo; el asesinato ocurrido en la casa de Montecristo (el de Caderousse) y por el que pediría pena de muerte para el hechor y también dar con el asesino de su hija. ¿Y cómo dar con el segundo? El magistrado ya había leído en la mirada inquisidora y terrible de su padre, la expresión que le lanzaba a su mujer Eloísa por lo que Villefort, con la sangre fría que le caracterizaba y el respeto hacia él, le había prometido actuar ya sin perder tiempo. El día que se llevaba a cabo el juicio de Benedetto, ese mismo día el magistrado decide actuar contra su mujer y sin reparos, no como marido sino como juez, la encara preguntándole por el veneno del que se ha servido para matar a su suegra, a Barrois y a Valentina. Como es de imaginarse el espanto en la mujer se hace presente, pues Villefort la está acusando directamente. Ante el terror de la mujer que sabe que no podrá escapar de la justicia, se da cuenta que tampoco podrá escapar de la pena máxima a la que su propio marido la llevará si no obedece a su petición y antes de exponerse al escarnio público, decide hacer una sola cosa el tiempo que Villefort le da y que él mismo le pide mientras se va al Palacio de Justicia. Él no quería encontrarla viva a su regreso.

El caso Benedetto o el del “falso Cavalcanti” había producido sensación en París y escándalo entre las amistades y relaciones que había logrado cultivar en ese último tiempo. Personas y periódicos habían sacado provecho contando el antes y después por lo que su juicio en el tribunal era algo de lo que nadie quería perderse, tanto por diversión como para tener de qué hablar después y los amigos de Alberto que ya conocemos, eran parte de ese público asistente. Lo que nadie se imaginaba era el giro que tomaría el juicio y del que se iba a encargar el mismo acusado, pues sabiendo ya quien era su padre no dudó en tomar ventaja. En pleno juicio y cuando Villefort estaba en su mayor inspiración, el joven le dio la estocada que no se esperaba revelándole su identidad y diciendo frente a todos quien es su padre, dando datos y pruebas que dejan a un magistrado estupefacto y rígido incapaz de continuar con su trabajo. Herminia que había asistido para ver el destino del hombre que se quiso burlar de su hija, al enterarse de todos los pormenores del caso y de la identidad de Benedetto, se desvaneció más de una vez por la impresión y Villefort, casi loco por la perturbación y renunciando a su puesto, regresa a su casa sólo para toparse con las consecuencias de sus actos; el cadáver de su mujer Eloísa y peor, también el de su hijo Eduardo. La mujer, aterrorizada por las amenazas de su marido, envenenó a su hijo primero y luego ella, obedeciendo así los deseos de Villefort. El magistrado estaba destrozado. Busoni que estaba con Noirtier, le dice a Villefort que ha pagado su deuda y el hombre le reconoce la voz, el falso religioso le revela por fin su identidad al ex procurador y el hombre, completamente perturbado y sufriendo un colapso nervioso, sintiendo en carne propia la justicia, no del hombre sino la divina y llegando al límite donde la razón y la demencia rozan, enloquece sin remedio después de mostrarle al conde los cuerpos inertes de su familia, precio de su venganza. No obstante y sabiendo Montecristo la afición de Eloísa Villefort por los venenos (por los que él mismo la había instado desde el principio) jamás imaginó que en su desesperación por saberse descubierta, también se llevara a su hijo matándolo. Villefort ha perdido completamente el juicio y el conde es testigo de eso; le ve cavar agujeros por todo el patio, reviviendo aquel momento en Auteuil y le escucha decir que le encontrará (al hijo) en su demencia, el hombre busca aquel bebé que creyó sepultar muerto y que resultó estar vivo. Estos sucesos le hacen cuestionarse a Dantés como instrumento de la venganza y es entonces cuando resuelve salvar lo que queda.

Edmundo se va de París llevándose a Maximiliano con él, acompañados por el criado Bautista, Alí y Haydée llevan otro rumbo y Bertuccio se queda con Noirtier. Al llegar a Marsella, Edmundo mira a Mercedes despedirse de Alberto en el puerto porque viaja a África con su compañía militar. Regresando la mujer a su casa, (la casa donde vivió el padre de él) Edmundo la sigue y allí logran hablar, perdonarse y dejar los rencores. Sin embargo, el dolor no cesa y Mercedes decide vivir sola pues según ella, está entre dos tumbas; la del Edmundo del pasado y la del conde de Morcef, sin dejar de sentirse en parte culpable y lo único que le pide a Montecristo es que utilice su poder para preservarle la vida a Alberto donde quiera que esté. Él se lo promete, pero con esto Edmundo y lleno de dolor, también decide decirle adiós, pues de igual manera se da cuenta que Mercedes no es la misma mujer con la que se iba a casar años atrás, aunque para ella, el único hombre que sigue habiendo en su corazón es él y para siempre.

Dejando a Mercedes, Edmundo decide regresar al hombre pobre, pero libre, e incluso al preso cadáver resucitado y para eso se dirige a hacer una visita al castillo de If, ahora ya cerrado, volver a él era enfrentarse al enemigo fantasma de su pasado. Fue conducido por un conserje que se encargaba de mostrar a los curiosos aquel “monumento del terror” sin embargo, Montecristo que lo conocía mejor que nadie no necesitaba de guías, aunque no opuso resistencia, cada paso le hacía revivir todo, especialmente las historias que el hombre contaba sobre dos presos que conmovió su corazón. Edmundo volvió a ver su propio calabozo y revivir todo recuerdo del abate Faria, así como escuchar su propia experiencia vivida, lo que el conde jamás se imaginó sería encontrar otro de los tesoros del abate que le entregó el conserje; el libro de tiras de telas escrito por Faria y que conservaba los tesoros de las ciencias. Un manuscrito que era la obra del abate sobre Italia. Con esto, Edmundo tiene nuevas fuerzas y propósitos pues aún falta algo por hacer. Regresa a Marsella a encontrarse con Maximiliano, pero él debe ir a Italia, Morrel decide quedarse unos días en Marsella y el conde le da un plazo para encontrarse, lo que para Morrel es el plazo de su vida; se reencontraran en la isla de Montecristo el día 5 de Octubre y decidirá si vive o muere.

Danglars ha viajado a Roma para retirar una fuerte suma de dinero, no obstante, el conde ya tiene avisados a sus amigos bandoleros, por lo que siguen al banquero y luego de hacer el trámite de sus millones le secuestran. Danglars, recordando las historias de Alberto, espera a que pidan rescate por él, sin embargo, el plan es hacerle padecer hambre, sed, desesperación y locura hasta despojarlo de todo el dinero que lleva encima y con el cual paga exorbitantes sumas para alimentarse. Cuando ya no le queda mucho, Montecristo se presenta ante él como es y Danglars por fin se da cuenta que se trata de Edmundo. La impresión del hombre es fuerte postrándose a tierra frente al conde, Montecristo le hace ver el destino de los otros dos cómplices, mas sin embargo, a él lo dejará ir perdonándolo. Danglars es liberado después, siendo alejado por el mismo Vampa y dejado en un camino. Cuando el viejo reaccionó y se acercó a las aguas de un arroyo se vio en un reflejo que le indicaba lo envejecido y arruinado que estaba en sólo un momento.

Morrel llega a la isla de Montecristo en el tiempo acordado con el conde. El militar, no hallando consuelo de ninguna manera, está decidido a acabar con su vida que sin Valentina no tiene sentido y aunque el conde intenta persuadirlo sabe que de nada le vale. Le hace beber una extraña sustancia y Morrel piensa que es un veneno. Cuando él delira y se desvanece cree ver al ángel de Valentina venir a su encuentro sin imaginar que es la chica en verdad y a la que el conde salvó de su familia, fingiendo su muerte. Valentina se recuperó y estuvo todo el tiempo con Haydée, uniéndose las dos jóvenes en cariño fraternal y al agradecerle al conde todo lo que hizo por ella, él se siente satisfecho, tanto que también decide dejar en libertad a su esclava Haydée y devolverla a la riqueza de su padre y estatus de princesa, pero la chica prefiere morir antes que separarse de él, es aquí cuando el conde se da cuenta de que ella le ama como el hombre que es, y él, sintiendo la dicha en su corazón decide corresponderle, dejando atrás todo lo que perseguía y dispuesto a vivir una nueva vida con ella. El conde les deja una herencia a los novios como regalo de bodas, ya que cuando Maximiliano despierta no puede creer su dicha, aunque el conde ya no esté. Ver a Valentina viva y con él es tener de nuevo la vida y entonces ella le cuenta todo. Una vez más, el conde de Montecristo le ha salvado y devolviéndole a la mujer que ama como el conde se lo había prometido y con esto, ambos enamorados se sienten aún más en deuda con el ángel que les ha salvado, eso significa Montecristo para ellos. Sin embargo, Morrel no volvió a verle puesto que Edmundo y Haydée al amanecer zarparon juntos a vivir una nueva vida y sólo saben de él a través de una carta que les dejó con Jacopo. En ella les deja instrucciones a ambos como también se sabe el porqué el abuelo Noirtier estaba después tranquilo con respecto a la muerte de su nieta; Edmundo como Busoni le había tranquilizado en ese aspecto y el abuelo les esperaba en Uorna junto con Bertuccio a donde los llevaría Jacopo porque el anciano debía bendecir la boda de los jóvenes.

Y con la escena de la carta leída por los enamorados termina el libro.

“Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena y hermosa es la vida. (…) toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡confiar y esperar!”

FIN

 ¿Te ha gustado este resumen de “El conde de Montecristo”? ¿Qué esperas para conocer o releer esta maravillosa obra? En los próximos días te diré mi impresión.

miércoles, 18 de agosto de 2021

El Conde de Montecristo - Alejandro Dumas (parte 5 - 1/2)

“La vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta”

El señor d’Avrigny, médico de los Villefort está seguro de que el asesino en esa casa es la misma Valentina, acusación que indigna al magistrado, esto debido a que otro muerto aparece en escena; Barrois, el criado del abuelo Noirtier también fue asesinado por envenenamiento. Villefort le ruega no decir nada y se compromete él mismo a dar con el verdadero asesino de su casa y hacer que caiga toda la justicia sobre quien fuese. Por otra parte, Caderousse comete el error de subestimar a Benedetto y no bastándole con su chantaje, su ambición lo hace ir por algo más. Benedetto, valiéndose del sinvergüenza que le pide más dinero le tiende una trampa. Hablándole de su “protector” y de la jugosa renta que le pasa mensualmente logra avivar la ambición del viejo. Le dice las maravillas lujosas que ha visto en la casa del conde, de donde él puede entrar y salir a la hora que quiera y ver desfilar los miles en dinero como si nada, le dice también las suposiciones que tiene con respecto a Montecristo creyéndolo su verdadero padre y que de ser así, le heredará, pero no en vida sino que debe esperar a que muera, lo que a su vez, le da la idea a Caderousse de darle el empujón y entonces hacer que herede antes de tiempo. Benedetto sabe que el viejo ha mordido el anzuelo brillando en curiosidad, por lo que le da la dirección de la casa y no sólo eso, sino que le traza un plano de la misma con todos los detalles, Caderousse tiene la intención de asaltarla y Benedetto le ayudará.

Montecristo viaja a su casa de Auteuil con sus criados dejando sola la casa de los campos Elíseos, oportunidad que será aprovechada por los personajes anteriores. Caderousse, como lo había planeado, decide ir a dicha casa, lo que no se imaginaba era que los planes no saldrían como los esperaba; la casa no estaba del todo sola y en ella encontró al abate Busoni quien le llena de terror. El viejo le cuenta su vida de presidiario y junto con quien; Benedetto o Andrés a manera de excusar su comportamiento delictivo, por lo que el abate le amenaza con decirle todo al banquero ya que sabe que pretende a Eugenia Danglars y entonces Caderousse le ataca con un cuchillo que llevaba escondido, sin embargo, no esperaba la habilidad del abate en peleas ni la cota de malla que lo protegía. Busoni le torció el brazo al delincuente, haciendo que soltara el cuchillo y a su vez, dislocándoselo. Caderousse cayó al suelo chillando de dolor y más cuando el abate le pisotea la cabeza, le dice que Dios le ha dado la fuerza para domarlo ante el asombro del bandido, como también le dice que Dios le permite que lo deje con vida, pero le obliga a escribir una nota para Danglars acusando a Benedetto como el hombre que cree un noble. Busoni se queda con la carta y despacha a Caderousse diciéndole que se vaya por la ventana por la que entró, lo que el bandido no se esperaba sería lo siguiente; su propia muerte. Al bajar Caderousse a la calle, el abate observó como otro hombre parecía esperarlo, pero antes de que el hombre llegara al suelo, el otro le descargó una puñalada en la espalda y otra en el costado, dándole un tercero golpe en el pecho cuando el moribundo le gritaba al asesino. El atacante le deja creyéndolo muerto y viéndose libre de él, Caderousse empieza a gritar que lo socorran, el abate y un criado acuden a él, pero es tarde y le queda poco tiempo, Caderousse le dice que su asesino es el mismo Benedetto. El abate escribe dicha declaración y hace que el moribundo la firme. Cuando Caderousse le indica que diga todo ante la justicia, incluyendo la identidad falsa de su asesino, el abate le dice que dirá todo lo que vio como testigo y cuando el bandido se da cuenta de que el abate vio su ataque sin advertirle se altera y más cuando el abate le comenta lo que él ha hecho para volverse delincuente, las oportunidades que tuvo para redimirse y que no aprovechó, por lo tanto puso a prueba a Dios, se cansó y lo castigó. Caderousse empieza a desesperarse por el extraño religioso que tiene frente a él y cuando reniega de Dios, el abate le dice que más bien crea en él y en su justicia porque él está ahí, vivo, rico y feliz, mientras él, Caderousse, como un miserable ya tiene un pie en la tumba. A esto, el bandido se asombra y exige saber quién es entonces en realidad, ese es el momento en que el abate se quita su disfraz y se presenta ante el moribundo como lo que es, no lord Wilmore como lo creyó al principio, sino que le hace indagar más allá y entonces horrorizado cree reconocerle. El supuesto religioso se lo confiesa al oído y entonces, Caderousse apenas y logra pedir perdón a Dios por los pecados. Sabiendo con quien estaba expiró.

Durante quince días París habló del suceso en la casa del conde y este, sólo decía que había sucedido mientras él estaba en Auteuil y que lo único que sabía del hecho, era lo que le había dicho el abate Busoni. Tres semanas pasaron en las que Villefort se enfocó en trabajar en dicho caso, en esas tres semanas Andrés Cavalcanti ya casi se sentía yerno del banquero Danglars y en ese mismo tiempo, Beauchamp reunió toda la evidencia que le prometió a Alberto tener con respecto a lo de Janina fueran buenas o malas noticias y dependiendo del hecho, se batirían en duelo por el honor de los Morcef. En esos días, Alberto apreció los consejos de Montecristo con dejarle las cosas al tiempo ya que nadie había sospechado de su familia ni asociado a su padre con el oficial que había entregado el castillo de Janina, aunque no por eso dejaba de sentirse insultado. El mismo Beauchamp le visita llegando de Janina sólo para darle las noticias con las pruebas que Alberto esperaba, el vizconde se entera (por segunda vez) lo que su padre es; el francés traidor que entregó Janina es Fernando de Morcef.

Alberto, abatido por la vergüenza y aconsejado por Beauchamp, busca consuelo en Montecristo quien le invita a un viaje suyo a Normandía, ya que luego de ese asalto decide dejar su casa de París y tal vez, el viaje también ayude a Alberto y logre distraer al joven, a lo que el vizconde acepta. Sin embargo, al tercer día estando allá, Morcef recibe carta de Beauchamp, ha estallado la bomba contra su padre por lo que decide volver a París. Yéndose Alberto, el conde lee la nota enviada y que ha escrito otro periódico ajeno a Beauchamp el mismo día que salieron de París; se hace público que el conde de Morcef, Fernando, es el oficial que traicionó al visir Alí-Bajá entregándole a los turcos y haciendo caer al reino de Janina.

Tras el escándalo en el periódico, Fernando Mondego, ignorante de lo que se hablaba en París, se enfrenta a juicio en las propias instalaciones de donde es miembro; La Cámara de los Pares, en donde también se enfrenta a la acusación directa de la única testigo de lo sucedido en Janina y que por fin logra vengarse de él; Haydée, la princesa protegida de Montecristo. Esta estocada del conde es el inicio de la destrucción de Morcef.

Alberto está decidido a llegar al fondo del asunto y saber de donde salió primero toda esa información y aunque quien ha indagado es Beauchamp, le dice que él sólo tiene un nombre que le fue dado; Danglars por lo que el vizconde decide encararlo, pero al hacerlo, el viejo se defiende dando otro nombre que Alberto no esperaba ni jamás se imaginó; Montecristo. El vizconde recordó con rapidez todos los sucesos en los que no había reparado; el conde lo sabía todo desde el principio, sabía quién era su padre, la razón por la que compró a Haydée, su incitación a Danglars para que averiguara todo, e incluso, el haberle presentado a la joven griega tuvo su propósito y él no fue consciente de la trampa en la que caía, hasta el viaje a Normandía tuvo razón; quería alejarlo del escándalo que se iba a producir, sí, todo estaba fríamente calculado y era el conde, el verdadero enemigo de su padre. Ahora tenía su respuesta y al hombre con quien debía batirse en realidad. Ante tales revelaciones Alberto se precipitó aún a costa de Beauchamp que quiso detenerlo; provocó al conde en la ópera teniendo como testigos a Beauchamp, Chateau-Renaud y Morrel y le retó a duelo.

Mercedes por su parte, esa misma noche visita a Montecristo para interceder por su hijo y rogarle que no lo mate, pero el conde se queda estupefacto cuando ella le dice su nombre verdadero pues a Mercedes no logró engañarla y esto hace que entonces se confronten, revelándole Edmundo lo que fue de él y la traición que sufrió por parte de Danglars y Fernando, presentándole aquella carta que el viejo escribió y que Morcef entregó a las autoridades. Uno de las escenas más emocionantes de la historia es esta. Sin máscaras y sin mentiras, Mercedes y Edmundo, frente a frente por fin hablan, él le revela todo y ella se siente también culpable, aunque desconociera el destino de Dantés, al haberse casado ella con el hombre que destruyó a Edmundo es suficiente para que se sienta igual de miserable como si hubiese participado directamente en la traición, algo que la hace indigna ya de él por no haber tenido las fuerzas para soportar su ausencia y soledad. No obstante, ante los ruegos y sentir de la mujer que ante todo era primero madre, Montecristo siente desbaratados sus planes de venganza y resuelve, no deshacer el duelo, pero sí dejar vivir a Alberto, sabiendo así que entonces él debía morir porque ya no estaba dispuesto a soportar más la vida de esa manera, no, sin concretar sus planes. Para él era precisa su venganza ya que sentía que el “edificio que había preparado y edificado con cuidado, con una sola palabra y mirada de ella se venía a tierra de golpe”.

Después de la visita de Mercedes, Montecristo recupera su lucidez como si despertara de un letargo y en su monólogo (digno de leer) reflexiona acerca de todo y todos y no está dispuesto a volverse fatalista luego de catorce años preso y desesperado y diez en libertad y preparación por lo que insiste en que Dios le ha hecho instrumento de la venganza y por lo tanto, será la Providencia la que decrete el castigo de sus enemigos, Villefort, Danglars y Fernando sin que se figuren que la casualidad les ha librado. Mientras el conde se hallaba en sus pensamientos el amanecer le sorprendió, faltaban un par de horas para el duelo por lo que se preparó, sin imaginar que afuera de su despacho, sentada y dormida estaba la bella Haydée esperándolo, recordándole al conde que ella dependía de él y que no podía dejarla desamparada por lo que aprovechó su breve tiempo para hacer su testamento y concentrado en él, no sintió cuando la joven entró, se acercó y leyó lo que escribía, ella se estremeció perturbándose y el conde le dijo lo que pasaría. Fue en ese momento cuando Montecristo, sabiendo que ella no quería nada de él porque no lo necesitaba si él moría y viéndola desmayada por la impresión, supo que la joven le amaba de una manera diferente al cariño paternal. Con esto él reflexiona que él aún podía ser dichoso.

El conde acude a la cita para el duelo junto a sus testigos, Maximiliano y su cuñado Manuel, al igual lo hacen los testigos de Alberto; Beauchamp, Chateau-Renaud, Debray y Franz d’Epinay, como también un vizconde que llega retrasado y con la ropa desordenada haciendo llamar la atención de todos los presentes. Lo reúne porque desea hablarles a todos, detiene el duelo confesando lo que le ha pasado y pidiéndole disculpas al conde. Mercedes ha intervenido con su hijo y Alberto ha recapacitado, reconociendo los motivos de la venganza de Montecristo contra su padre. La declaración del vizconde, la confesión y el agradecimiento, les admiró a todos, Montecristo reconoció y admiró la humillación que eso significaba para Alberto, como también reconoció la influencia de Mercedes sobre el muchacho y entendió la tranquilidad con la que ella en su corazón había tomado su sacrificio de morir en lugar de su hijo, Mercedes, que conocía a Alberto, sabía que al hablar con él y decirle todo, desbarataría el duelo. El vizconde reconocía (con vergüenza) la verdadera razón de la venganza de Montecristo que no era contra el Fernando que traicionó al visir de Janina, sino contra el Fernando que pretendía a su novia y que le produjo todas las desgracias de las que ya tenía conocimiento y ahora, habiéndole presentado al conde sus excusas sintió haber reparado su precipitada falta. Ambos hombres se dieron la mano frente a todos y así el duelo estaba cancelado gracias a la intervención de Mercedes.

Después de lo acaecido (y que los amigos de Alberto no acababan de entender) Mercedes y su hijo tomaron una decisión; ella se iría a un convento y él se iría de Francia pues el escándalo familiar es algo demasiado pesado y que les avergüenza más que cualquier otra cosa. Sin embargo, saben que su estatus no será el mismo una vez renunciando a la riqueza del rango noble por lo que Alberto, recibe una carta de Montecristo que, sabiendo sus intenciones, les indica su casa en Marsella y una cantidad de dinero enterrada 24 años atrás cuando él regresaba con la ilusión de casarse, en un lugar del jardín que Mercedes podrá encontrar. Les ofrece este bienestar y la mujer lo acepta como la dote que llevará al convento. Fernando, sintiendo que su mujer e hijo no quieren más relación con él y peor, ver que Alberto regresaba bien del duelo y que a pesar de eso no le notificó nada, furioso decide buscar a Montecristo y enfrentarlo como no lo había hecho su hijo sin imaginar que su provocación desencadenaría su peor pesadilla; Montecristo se descubre por fin ante él como Edmundo, hiriendo así a su enemigo como un rayo. Abatido, Fernando regresa a su casa sólo para ser testigo del abandono silencioso e indiferente de su mujer e hijo. Encerrado en su habitación, obró como cualquier otro cobarde lo hubiese hecho; apenas y el carruaje que se llevaba a su familia se alejaba, la detonación de un disparo sonó.

Dejando el escritor tan decadente escena, nos traslada a la ilusión de un enamorado Morrel que, luego de cumplir su compromiso con Montecristo, va a visitar a su novia, sin embargo, la joven no se ha sentido bien y ante un desmayo del que Maximiliano es testigo, se dan cuenta que ella puede sufrir el mismo destino del desdichado Barrois y el de su abuela por lo que desesperado, el joven corre a buscar ayuda en la única persona en la que confía a ciegas; Montecristo. El conde se queda estupefacto cuando escucha a Morrel decir lo que le sucede a Valentina Villefort, sin imaginar por qué le importa tanto y la impresión del golpe termina de aplastarlo cuando se entera de que ella es la mujer que Maximiliano ama, entendiendo así el porqué durante la espera en el duelo, él le preguntó si su corazón era libre y el hombre le dijo que ya amaba a alguien más que a su propia vida, mandando así sus planes de emparejarlo con Haydée al traste, no pudiendo dejarla a su cuidado. Montecristo sabía perfectamente la fatalidad que se vivía en la casa del procurador del rey como también sabía de qué habían muerto los personajes que les rodeaban, lo que nunca se imaginó era que la hija de su enemigo era la mujer que su querido amigo amaba. Por el cariño que el conde le profesa a la familia Morrel hace un lado su odio hacia Villefort y decide tratar de salvar la vida de Valentina que también está siendo envenenada. Un modesto abate italiano se instalaría en una casa junto a la del procurador.

El próximo enlace matrimonial entre Eugenia Danglars y Andrés Cavalcanti estaba siendo ya anunciado, sin embargo, la misma aversión que ella mostraba con Morcef también la muestra ahora con Cavalcanti negándose al matrimonio por lo que Danglars la obliga a casarse amenazándola con algo que debió confesar; su inminente ruina, necesitando de los millones de esa familia para seguir manteniendo su casa bancaria y no perder su estatus, pues para él, el casamiento de su hija con el joven era mero negocio y nada más, asunto que a Eugenia le indignó por sentirse garantía, pero cediendo al final, pues total, era parte de su fortuna y herencia lo que se jugaba y aunque se creía capaz de vivir cómodamente como lo deseaba todo artista, por el momento era mejor ceder a la petición del viejo. Por otra parte, Andrés visita a Montecristo el día fijado para la firma del contrato, no obstante, no se imaginó encontrarse a un hombre nada amigable a como había sido, aún así, el conde no perdió la oportunidad de inyectarle su dosis de ambición, ya que al ir el joven por lo de su contrato nupcial e invitarlo, Montecristo aprovechó decirle que estaba haciendo una de las mejores alianzas, avivando así la ambición de Andrés que sólo soñaba con los millones, tanto lo que heredaría de su supuesto padre como lo de su futura esposa, sin embargo, se extraña por la actitud del conde de no querer servirle de compañía en lugar de su padre al sustituirlo, ni entregarle a la novia, sin darse cuenta de que eso sólo sería el principio de su caída. Por la noche que se lleva a cabo la fiesta nadie se esperó que acabara mal pues comentando alguien sobre la ausencia del magistrado en tan importante acto, Montecristo se jacta (con fingido pesar) que seguramente él es el culpable de tal ausencia despertando así la curiosidad de quienes le rodeaban, especialmente del novio que atento y asustado le escuchó. El conde comenta de nuevo lo sucedido en su casa y lo que pasó con el muerto, caso en el que Villefort estaba trabajando ya que en el chaleco del difunto se encontró una carta dirigida a Danglars y que él entregó al procurador, haciendo notar así la perturbación en Andrés que sabía que una tormenta estaba por caer sobre él. Con disimulo se aparta de la multitud, buscando escapar. En el momento en que le requieren para que firme, en ese mismo instante también entran las autoridades buscándolo y provocando un escándalo en la fiesta. Para desgracia de Danglars se descubre quien es realmente Cavalcanti y el asesinato que cometió, haciendo que en su cobardía, el novio y falso noble huyera sin que nadie se diera cuenta. La boda (por segunda vez) se desbarata y Eugenia feliz, se marcha con su amiga Luisa rumbo a Italia, sin importarle para nada dejar a su familia y menos a su padre que la veía como su mejor negocio. Los planes de Danglars también se desbarataron, su ruina ya es un hecho. Montecristo que había presenciado todo como invitado, estaba satisfecho.

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