miércoles, 18 de agosto de 2021

El Conde de Montecristo - Alejandro Dumas (parte 5 - 1/2)

“La vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta”

El señor d’Avrigny, médico de los Villefort está seguro de que el asesino en esa casa es la misma Valentina, acusación que indigna al magistrado, esto debido a que otro muerto aparece en escena; Barrois, el criado del abuelo Noirtier también fue asesinado por envenenamiento. Villefort le ruega no decir nada y se compromete él mismo a dar con el verdadero asesino de su casa y hacer que caiga toda la justicia sobre quien fuese. Por otra parte, Caderousse comete el error de subestimar a Benedetto y no bastándole con su chantaje, su ambición lo hace ir por algo más. Benedetto, valiéndose del sinvergüenza que le pide más dinero le tiende una trampa. Hablándole de su “protector” y de la jugosa renta que le pasa mensualmente logra avivar la ambición del viejo. Le dice las maravillas lujosas que ha visto en la casa del conde, de donde él puede entrar y salir a la hora que quiera y ver desfilar los miles en dinero como si nada, le dice también las suposiciones que tiene con respecto a Montecristo creyéndolo su verdadero padre y que de ser así, le heredará, pero no en vida sino que debe esperar a que muera, lo que a su vez, le da la idea a Caderousse de darle el empujón y entonces hacer que herede antes de tiempo. Benedetto sabe que el viejo ha mordido el anzuelo brillando en curiosidad, por lo que le da la dirección de la casa y no sólo eso, sino que le traza un plano de la misma con todos los detalles, Caderousse tiene la intención de asaltarla y Benedetto le ayudará.

Montecristo viaja a su casa de Auteuil con sus criados dejando sola la casa de los campos Elíseos, oportunidad que será aprovechada por los personajes anteriores. Caderousse, como lo había planeado, decide ir a dicha casa, lo que no se imaginaba era que los planes no saldrían como los esperaba; la casa no estaba del todo sola y en ella encontró al abate Busoni quien le llena de terror. El viejo le cuenta su vida de presidiario y junto con quien; Benedetto o Andrés a manera de excusar su comportamiento delictivo, por lo que el abate le amenaza con decirle todo al banquero ya que sabe que pretende a Eugenia Danglars y entonces Caderousse le ataca con un cuchillo que llevaba escondido, sin embargo, no esperaba la habilidad del abate en peleas ni la cota de malla que lo protegía. Busoni le torció el brazo al delincuente, haciendo que soltara el cuchillo y a su vez, dislocándoselo. Caderousse cayó al suelo chillando de dolor y más cuando el abate le pisotea la cabeza, le dice que Dios le ha dado la fuerza para domarlo ante el asombro del bandido, como también le dice que Dios le permite que lo deje con vida, pero le obliga a escribir una nota para Danglars acusando a Benedetto como el hombre que cree un noble. Busoni se queda con la carta y despacha a Caderousse diciéndole que se vaya por la ventana por la que entró, lo que el bandido no se esperaba sería lo siguiente; su propia muerte. Al bajar Caderousse a la calle, el abate observó como otro hombre parecía esperarlo, pero antes de que el hombre llegara al suelo, el otro le descargó una puñalada en la espalda y otra en el costado, dándole un tercero golpe en el pecho cuando el moribundo le gritaba al asesino. El atacante le deja creyéndolo muerto y viéndose libre de él, Caderousse empieza a gritar que lo socorran, el abate y un criado acuden a él, pero es tarde y le queda poco tiempo, Caderousse le dice que su asesino es el mismo Benedetto. El abate escribe dicha declaración y hace que el moribundo la firme. Cuando Caderousse le indica que diga todo ante la justicia, incluyendo la identidad falsa de su asesino, el abate le dice que dirá todo lo que vio como testigo y cuando el bandido se da cuenta de que el abate vio su ataque sin advertirle se altera y más cuando el abate le comenta lo que él ha hecho para volverse delincuente, las oportunidades que tuvo para redimirse y que no aprovechó, por lo tanto puso a prueba a Dios, se cansó y lo castigó. Caderousse empieza a desesperarse por el extraño religioso que tiene frente a él y cuando reniega de Dios, el abate le dice que más bien crea en él y en su justicia porque él está ahí, vivo, rico y feliz, mientras él, Caderousse, como un miserable ya tiene un pie en la tumba. A esto, el bandido se asombra y exige saber quién es entonces en realidad, ese es el momento en que el abate se quita su disfraz y se presenta ante el moribundo como lo que es, no lord Wilmore como lo creyó al principio, sino que le hace indagar más allá y entonces horrorizado cree reconocerle. El supuesto religioso se lo confiesa al oído y entonces, Caderousse apenas y logra pedir perdón a Dios por los pecados. Sabiendo con quien estaba expiró.

Durante quince días París habló del suceso en la casa del conde y este, sólo decía que había sucedido mientras él estaba en Auteuil y que lo único que sabía del hecho, era lo que le había dicho el abate Busoni. Tres semanas pasaron en las que Villefort se enfocó en trabajar en dicho caso, en esas tres semanas Andrés Cavalcanti ya casi se sentía yerno del banquero Danglars y en ese mismo tiempo, Beauchamp reunió toda la evidencia que le prometió a Alberto tener con respecto a lo de Janina fueran buenas o malas noticias y dependiendo del hecho, se batirían en duelo por el honor de los Morcef. En esos días, Alberto apreció los consejos de Montecristo con dejarle las cosas al tiempo ya que nadie había sospechado de su familia ni asociado a su padre con el oficial que había entregado el castillo de Janina, aunque no por eso dejaba de sentirse insultado. El mismo Beauchamp le visita llegando de Janina sólo para darle las noticias con las pruebas que Alberto esperaba, el vizconde se entera (por segunda vez) lo que su padre es; el francés traidor que entregó Janina es Fernando de Morcef.

Alberto, abatido por la vergüenza y aconsejado por Beauchamp, busca consuelo en Montecristo quien le invita a un viaje suyo a Normandía, ya que luego de ese asalto decide dejar su casa de París y tal vez, el viaje también ayude a Alberto y logre distraer al joven, a lo que el vizconde acepta. Sin embargo, al tercer día estando allá, Morcef recibe carta de Beauchamp, ha estallado la bomba contra su padre por lo que decide volver a París. Yéndose Alberto, el conde lee la nota enviada y que ha escrito otro periódico ajeno a Beauchamp el mismo día que salieron de París; se hace público que el conde de Morcef, Fernando, es el oficial que traicionó al visir Alí-Bajá entregándole a los turcos y haciendo caer al reino de Janina.

Tras el escándalo en el periódico, Fernando Mondego, ignorante de lo que se hablaba en París, se enfrenta a juicio en las propias instalaciones de donde es miembro; La Cámara de los Pares, en donde también se enfrenta a la acusación directa de la única testigo de lo sucedido en Janina y que por fin logra vengarse de él; Haydée, la princesa protegida de Montecristo. Esta estocada del conde es el inicio de la destrucción de Morcef.

Alberto está decidido a llegar al fondo del asunto y saber de donde salió primero toda esa información y aunque quien ha indagado es Beauchamp, le dice que él sólo tiene un nombre que le fue dado; Danglars por lo que el vizconde decide encararlo, pero al hacerlo, el viejo se defiende dando otro nombre que Alberto no esperaba ni jamás se imaginó; Montecristo. El vizconde recordó con rapidez todos los sucesos en los que no había reparado; el conde lo sabía todo desde el principio, sabía quién era su padre, la razón por la que compró a Haydée, su incitación a Danglars para que averiguara todo, e incluso, el haberle presentado a la joven griega tuvo su propósito y él no fue consciente de la trampa en la que caía, hasta el viaje a Normandía tuvo razón; quería alejarlo del escándalo que se iba a producir, sí, todo estaba fríamente calculado y era el conde, el verdadero enemigo de su padre. Ahora tenía su respuesta y al hombre con quien debía batirse en realidad. Ante tales revelaciones Alberto se precipitó aún a costa de Beauchamp que quiso detenerlo; provocó al conde en la ópera teniendo como testigos a Beauchamp, Chateau-Renaud y Morrel y le retó a duelo.

Mercedes por su parte, esa misma noche visita a Montecristo para interceder por su hijo y rogarle que no lo mate, pero el conde se queda estupefacto cuando ella le dice su nombre verdadero pues a Mercedes no logró engañarla y esto hace que entonces se confronten, revelándole Edmundo lo que fue de él y la traición que sufrió por parte de Danglars y Fernando, presentándole aquella carta que el viejo escribió y que Morcef entregó a las autoridades. Uno de las escenas más emocionantes de la historia es esta. Sin máscaras y sin mentiras, Mercedes y Edmundo, frente a frente por fin hablan, él le revela todo y ella se siente también culpable, aunque desconociera el destino de Dantés, al haberse casado ella con el hombre que destruyó a Edmundo es suficiente para que se sienta igual de miserable como si hubiese participado directamente en la traición, algo que la hace indigna ya de él por no haber tenido las fuerzas para soportar su ausencia y soledad. No obstante, ante los ruegos y sentir de la mujer que ante todo era primero madre, Montecristo siente desbaratados sus planes de venganza y resuelve, no deshacer el duelo, pero sí dejar vivir a Alberto, sabiendo así que entonces él debía morir porque ya no estaba dispuesto a soportar más la vida de esa manera, no, sin concretar sus planes. Para él era precisa su venganza ya que sentía que el “edificio que había preparado y edificado con cuidado, con una sola palabra y mirada de ella se venía a tierra de golpe”.

Después de la visita de Mercedes, Montecristo recupera su lucidez como si despertara de un letargo y en su monólogo (digno de leer) reflexiona acerca de todo y todos y no está dispuesto a volverse fatalista luego de catorce años preso y desesperado y diez en libertad y preparación por lo que insiste en que Dios le ha hecho instrumento de la venganza y por lo tanto, será la Providencia la que decrete el castigo de sus enemigos, Villefort, Danglars y Fernando sin que se figuren que la casualidad les ha librado. Mientras el conde se hallaba en sus pensamientos el amanecer le sorprendió, faltaban un par de horas para el duelo por lo que se preparó, sin imaginar que afuera de su despacho, sentada y dormida estaba la bella Haydée esperándolo, recordándole al conde que ella dependía de él y que no podía dejarla desamparada por lo que aprovechó su breve tiempo para hacer su testamento y concentrado en él, no sintió cuando la joven entró, se acercó y leyó lo que escribía, ella se estremeció perturbándose y el conde le dijo lo que pasaría. Fue en ese momento cuando Montecristo, sabiendo que ella no quería nada de él porque no lo necesitaba si él moría y viéndola desmayada por la impresión, supo que la joven le amaba de una manera diferente al cariño paternal. Con esto él reflexiona que él aún podía ser dichoso.

El conde acude a la cita para el duelo junto a sus testigos, Maximiliano y su cuñado Manuel, al igual lo hacen los testigos de Alberto; Beauchamp, Chateau-Renaud, Debray y Franz d’Epinay, como también un vizconde que llega retrasado y con la ropa desordenada haciendo llamar la atención de todos los presentes. Lo reúne porque desea hablarles a todos, detiene el duelo confesando lo que le ha pasado y pidiéndole disculpas al conde. Mercedes ha intervenido con su hijo y Alberto ha recapacitado, reconociendo los motivos de la venganza de Montecristo contra su padre. La declaración del vizconde, la confesión y el agradecimiento, les admiró a todos, Montecristo reconoció y admiró la humillación que eso significaba para Alberto, como también reconoció la influencia de Mercedes sobre el muchacho y entendió la tranquilidad con la que ella en su corazón había tomado su sacrificio de morir en lugar de su hijo, Mercedes, que conocía a Alberto, sabía que al hablar con él y decirle todo, desbarataría el duelo. El vizconde reconocía (con vergüenza) la verdadera razón de la venganza de Montecristo que no era contra el Fernando que traicionó al visir de Janina, sino contra el Fernando que pretendía a su novia y que le produjo todas las desgracias de las que ya tenía conocimiento y ahora, habiéndole presentado al conde sus excusas sintió haber reparado su precipitada falta. Ambos hombres se dieron la mano frente a todos y así el duelo estaba cancelado gracias a la intervención de Mercedes.

Después de lo acaecido (y que los amigos de Alberto no acababan de entender) Mercedes y su hijo tomaron una decisión; ella se iría a un convento y él se iría de Francia pues el escándalo familiar es algo demasiado pesado y que les avergüenza más que cualquier otra cosa. Sin embargo, saben que su estatus no será el mismo una vez renunciando a la riqueza del rango noble por lo que Alberto, recibe una carta de Montecristo que, sabiendo sus intenciones, les indica su casa en Marsella y una cantidad de dinero enterrada 24 años atrás cuando él regresaba con la ilusión de casarse, en un lugar del jardín que Mercedes podrá encontrar. Les ofrece este bienestar y la mujer lo acepta como la dote que llevará al convento. Fernando, sintiendo que su mujer e hijo no quieren más relación con él y peor, ver que Alberto regresaba bien del duelo y que a pesar de eso no le notificó nada, furioso decide buscar a Montecristo y enfrentarlo como no lo había hecho su hijo sin imaginar que su provocación desencadenaría su peor pesadilla; Montecristo se descubre por fin ante él como Edmundo, hiriendo así a su enemigo como un rayo. Abatido, Fernando regresa a su casa sólo para ser testigo del abandono silencioso e indiferente de su mujer e hijo. Encerrado en su habitación, obró como cualquier otro cobarde lo hubiese hecho; apenas y el carruaje que se llevaba a su familia se alejaba, la detonación de un disparo sonó.

Dejando el escritor tan decadente escena, nos traslada a la ilusión de un enamorado Morrel que, luego de cumplir su compromiso con Montecristo, va a visitar a su novia, sin embargo, la joven no se ha sentido bien y ante un desmayo del que Maximiliano es testigo, se dan cuenta que ella puede sufrir el mismo destino del desdichado Barrois y el de su abuela por lo que desesperado, el joven corre a buscar ayuda en la única persona en la que confía a ciegas; Montecristo. El conde se queda estupefacto cuando escucha a Morrel decir lo que le sucede a Valentina Villefort, sin imaginar por qué le importa tanto y la impresión del golpe termina de aplastarlo cuando se entera de que ella es la mujer que Maximiliano ama, entendiendo así el porqué durante la espera en el duelo, él le preguntó si su corazón era libre y el hombre le dijo que ya amaba a alguien más que a su propia vida, mandando así sus planes de emparejarlo con Haydée al traste, no pudiendo dejarla a su cuidado. Montecristo sabía perfectamente la fatalidad que se vivía en la casa del procurador del rey como también sabía de qué habían muerto los personajes que les rodeaban, lo que nunca se imaginó era que la hija de su enemigo era la mujer que su querido amigo amaba. Por el cariño que el conde le profesa a la familia Morrel hace un lado su odio hacia Villefort y decide tratar de salvar la vida de Valentina que también está siendo envenenada. Un modesto abate italiano se instalaría en una casa junto a la del procurador.

El próximo enlace matrimonial entre Eugenia Danglars y Andrés Cavalcanti estaba siendo ya anunciado, sin embargo, la misma aversión que ella mostraba con Morcef también la muestra ahora con Cavalcanti negándose al matrimonio por lo que Danglars la obliga a casarse amenazándola con algo que debió confesar; su inminente ruina, necesitando de los millones de esa familia para seguir manteniendo su casa bancaria y no perder su estatus, pues para él, el casamiento de su hija con el joven era mero negocio y nada más, asunto que a Eugenia le indignó por sentirse garantía, pero cediendo al final, pues total, era parte de su fortuna y herencia lo que se jugaba y aunque se creía capaz de vivir cómodamente como lo deseaba todo artista, por el momento era mejor ceder a la petición del viejo. Por otra parte, Andrés visita a Montecristo el día fijado para la firma del contrato, no obstante, no se imaginó encontrarse a un hombre nada amigable a como había sido, aún así, el conde no perdió la oportunidad de inyectarle su dosis de ambición, ya que al ir el joven por lo de su contrato nupcial e invitarlo, Montecristo aprovechó decirle que estaba haciendo una de las mejores alianzas, avivando así la ambición de Andrés que sólo soñaba con los millones, tanto lo que heredaría de su supuesto padre como lo de su futura esposa, sin embargo, se extraña por la actitud del conde de no querer servirle de compañía en lugar de su padre al sustituirlo, ni entregarle a la novia, sin darse cuenta de que eso sólo sería el principio de su caída. Por la noche que se lleva a cabo la fiesta nadie se esperó que acabara mal pues comentando alguien sobre la ausencia del magistrado en tan importante acto, Montecristo se jacta (con fingido pesar) que seguramente él es el culpable de tal ausencia despertando así la curiosidad de quienes le rodeaban, especialmente del novio que atento y asustado le escuchó. El conde comenta de nuevo lo sucedido en su casa y lo que pasó con el muerto, caso en el que Villefort estaba trabajando ya que en el chaleco del difunto se encontró una carta dirigida a Danglars y que él entregó al procurador, haciendo notar así la perturbación en Andrés que sabía que una tormenta estaba por caer sobre él. Con disimulo se aparta de la multitud, buscando escapar. En el momento en que le requieren para que firme, en ese mismo instante también entran las autoridades buscándolo y provocando un escándalo en la fiesta. Para desgracia de Danglars se descubre quien es realmente Cavalcanti y el asesinato que cometió, haciendo que en su cobardía, el novio y falso noble huyera sin que nadie se diera cuenta. La boda (por segunda vez) se desbarata y Eugenia feliz, se marcha con su amiga Luisa rumbo a Italia, sin importarle para nada dejar a su familia y menos a su padre que la veía como su mejor negocio. Los planes de Danglars también se desbarataron, su ruina ya es un hecho. Montecristo que había presenciado todo como invitado, estaba satisfecho.

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